La semana pasada aparecía un
artículo
en EL PAIS de Germán Cano muy sugerente que nos hace pensar en qué
tipo de individuo pretende acuñar el nuevo gobierno popular y la oposición
socialista. En el artículo Germán Cano habla de los sospechosos paralelismos
que usan los políticos -a través de símiles deportivos o metáforas- con las
figuras del tenis, del fútbol o el automovilismo, como ejemplos de superación
ante las lesiones, duro entrenamiento y capacidad de sufrimiento. Da que pensar
el nuevo perfil ético del que nos alerta el autor pues parece sugerir que
el sino de los tiempos venideros vendrá marcado por una nueva apelación a
ciertos valores de virtud deportiva como remedio y pomada para combatir la crisis, como
si los nuevos gobernantes hubieran encontrado en el fondo de nuestras almas las
causas de la degeneración económica. Estos paralelismos no se agotan en el
discurso político. Así como no hace mucho, la retórica política acudía al coso
taurino o a la mitología de santos para explicarse, hoy el palco del Nou Camp,
del Santiago Bernabeu, el Circuito de Valencia o las gradas de la
Copa Davis son surtidores retóricos que nos acercan a las cavilaciones morales
del político actual. Pero más allá de los símiles deportivos que
hablan de la pobreza retórica del discurso político, hay que subrayar el
proceso de subjetivización al que estamos asistiendo en los últimos años fruto
de la crisis financiera.
La tesis de este artículo es sencilla y conocida: detrás del
regreso a los valores tradicionales basados en la confianza personal, se
esconde una incapacidad política para articular ninguna solución estructural a
la crisis económica.
En los últimos meses han aparecido en los cines películas que han
tratado de hacernos ver la génesis y la genealogía de la crisis financiera que
sacudió Wall Street en 2008, cuya reverberación en España ha sido devastadora.
En todas ellas, el protagonista es una especie de hombre nihilista y codicioso,
cuyo baremo relacional con las cosas y con las personas es la rentabilidad.
Quizá por eso, Bernard Madhoff y los banqueros islandeses han encarnado ese
tipo de tiburón que han tenido que rendir cuentas ante el Estado. Este tipo de
películas han coincidido en España con una figura apocalíptica: la del
constructor y su acólito, el concejal de urbanismo, todos ellos contaminados
por la filosofía de la autorrealización -económica- personal por encima del
bien común.
Cualquiera que se haya interesado por la crisis inmediatamente
siente una especie de nostalgia por el pasado, como el protagonista de
Medianoche en París de Woody Allen, donde este tipo de figuras no solo no eran
comunes sino que eran denostadas públicamente por su egoísmo. En cambio, la cultura de la rentabilidad a
corto plazo, ha hecho de este tipo de figura una especie de aventureros que se la han jugado al límite de lo posible, pues mientras escalaban hasta la cima de una gran cumbre eran
mirados con asombro y envidia, pero cuando se han despeñado, su cuerpo ha sido
abandonado y olvidado. Frente a este hombre retratado con frecuencia en las
novelas de Houellebeq, se reitera la necesidad de su antítesis. Un hombre que
inspire confianza, que conozca lo que es el bien común. Y he aquí que nos
topamos con un regreso a los valores morales. Es un regreso reactivo.Tony Judt
abunda en esta idea en Algo va Mal: "el estilo materialista y egoísta de
la vida contemporánea no es inherente a la condición humana. Gran parte de lo
que hoy nos parece natural data de una década de 1980: la obsesión por la
creación de riqueza, el culto a la provatización y el sector privado, las
crecientes diferencias entre ricos y pobres. Y sobre todo, la retórica que los
acompaña: una admiración acrítica por los mercados no regulados, el desprecio
por el sector público, la ilusión del crecimiento infinito". Si el
neoliberalismo ha fracasado en su desmedida confianza hacia los mercados, ¿qué
alternativa económica tiene la derecha? El regreso a los valores morales.
En una escena de la película La Dama de Hierro, el padre de
Margaret Thatcher, reivindica el papel del tendero como el hombre que conoce
bien el producto, que abre puntual, que cuida bien a sus clientes, cuya venta
está respaldad por su honorabilidad personal, pues hacerlo mal supone un
descredito no tanto hacia su negocio como hacia su propia persona. Esta idea
luterana "haz tu trabajo de tal manera que te defina a ti mismo"
quizá sea valiosa en mercados locales o en empresas donde conoces a su
propietario, pero no resulta válida en mercados internacionalizados. La idea de
la derecha es tomar como ejemplo los mercados locales para transponer su moral
a los mercados nacionales y transnacionales, lo cual es dar un salto demasiado grande. Y ello basado en la creación de un perfil y una
narración. Este perfil es el del hombre íntegro y la narración es la de la superación
vital. El problema para la derecha es que este hombre virtuoso es un apriorismo y, como tal la historia
y la misma realidad nos ha demostrado que existe en pequeñas cantidades, por lo
que es preciso un estado fuerte y solvente, un estado no tanto que ejemplique sino que corrija con el peso de la ley sus desmanes: ya que el estado ya no puede hacer nobles,
que haga caballeros.
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| Inocencio X, de Velázquez |
En cambio, el pensamiento por el estado es inexistente -en apariencia- en el gabinete de Rajoy. Por el contrario, tanto el presidente del gobierno como los ministros y subalternos correspondientes,
apelan a una cierta épica personal de superación y sacrificio vital,
abanderando sus ejemplares vidas en las carreras que les ha tocado desempeñar
las cuales han acabado siendo coronadas con el ejercicio de un ministerio. Se
trata de la narración del tecnócrata como nuevo mito moral del siglo XXI, es
decir, la persona que conforme al esfuerzo personal en alcanzar un objetivo, la
tenacidad en conseguirlo, el sacrificio de sus mejores años en el estudio y,
por consiguiente, su honorabilidad, nos permite confiar en él como alguien que
sabe hacer bien las cosas. Este tecnócrata es ciertamente producto de un
hacerse a sí mismo conforme a la contemplación de valores de rectitud y
sacrificio, pero a la vez es amplificado por contraste con el perfil egoísta e
individualista que, espoleado por la codicia y la vanalidad individualista, nos
ha hecho caer en la crisis. Se trata por tanto de una crisis como una
caída originaria, como una recaída en las inclinaciones del más puro egoísmo,
que ha de ser desmaculada con la moral. En contraste con los tiempos anteriores aparece el político
virtuoso: el prestigio de Pérez Rubalcaba como un hombre que, a sabiendas de que va a
perder las elecciones, decide presentarse con la única arma electoral de
explicaciones razonables; o de Mariano Rajoy, dispuesto a hacer todos los
sacrificios que haga falta con tal de salvar al país. En ambos casos nos
encontramos ante el triunfo del personalismo pero ante una fatal inconcreción
sistemática, sobre cómo se arregla todo esto, sobre qué tipo de Estado queremos.
No obstante, el problema mayor está en el futuro.
La confianza en el modelo de pyme es deudora del "padre tendero" de
Thascher. Tanto Mariano Rajoy como Pérez Rubalcaba apostaron fuertemente por estas
empresas pues proponen, de nuevo por contraste frente al individualismo
codicioso, un nuevo tipo de hombre: el emprendedor, como una especie de luchador aqueo. Aquel que se propone un
objetivo y con el esfuerzo, la dedicación, la constancia y el talento lo
alcanza. Esta apuesta se fundamenta claramente en dos coyunturas, la de la gran
masa de personas desempleadas y la de una juventud excelentemente formada que
está a su vez en paro. El lema es sencillo: "tú puedes hacerlo", a
condición de que seas un verdadero competidor de fondo, alguien admirable, un
empresario (recordemos que los empresarios en España son las personas más
valoradas de la sociedad). Si no es así, solo un golpe de suerte te va a salvar
del desempleo. De esta forma, la transformación del desempleo en autoempleo cumple
la doble función conservadora: por un lado responsabilizar al individuo de su
destino mediante una exigencia en valores tradicionales (lucha por lo que quieres y haz que confíen en ti, y todo irá bien) y por otro olvidar el
debate acerca del papel del estado en el sistema económico que nos ha llevado a
la crisis. Con ello, ya no es la perversión de los mercados y su determinante
influencia en la política lo que está en juego, sino valores personales como la
vagancia, la molicie, la codicia, la falta de respeto a las leyes, la escasa
perseverancia, etc. El viejo mantra de que España es un país con desapego al
trabajo se transforma en una culpa infinita, mientras que aquello que
constituye el verdadero problema, a saber, si estamos dispuestos a entregar el
estado a las apetencias de los mercados, es encubierto por una especie de políticos sacerdotales.
En conclusión, con esta tendencia en la apelación al individuo como corresponsable de la crisis, se tiende hacia la psicologización de la política. Los problemas que durante el último siglo han correspondido al debate político se traspasan ahora a incapacidades personales, a frustraciones en la educación familiar o a incompetencias en las relaciones personales. Ahora la política abandona al individuo a su suerte, ya no se responsabiliza de él y él es incapaz de responsabilizarse de sí mismo, pues sus problemas son ontológicamente políticos pero se manifiestan psicológicamente. Es lo que Lipovetski diagnostica como la Sociedad de la Decepción, pues los vínculos que antes dotaban de contenido la vida en comunidad ahora se han desgajado y el individuo se muestra errante e incompleto en una búsqueda psicológica de sí mismo.