Esta entrada será la primera de una serie de reflexiones acerca del tiempo que me he propuesto redactar. La cuestión es bastante amplia y quizá tan inabarcable como la infinitud del propio tiempo y porque uno sabe del tiempo si no le preguntan qué es, pero ay de cuando tiene que definirlo. Y es que con esta cuestión ocurre como con el concepto de amor, que quien más y quien menos lo ha experimentado, pero es insensato tratar de explicarlo. Ocurre además con el concepto del tiempo como con los más vivos pensamientos que nos acosan en soledad y que son tan ciertos como su resonancia en nuestra conciencia, pero que ante una conversación se convierten en vagatelas insostenibles. Machado decía que en mi soledad veo cosas muy ciertas, que no son verdad. Quizá la grandeza de la idea del tiempo radica en que sin él no conseguimos entender cuestiones como el movimiento, el espacio o la sensación que son conceptos bastante concretos, no como el tiempo, la más hermosa de las abstracciones. ¿Acaso nos conformamos con ver pasar las manillas del reloj? ¿qué esconce su ciega circularidad? Quizá no haya habido filosofía propiamente dicha sin dar ya de antemano una consideración de qué es el tiempo. No obstante el tema ha sido tratado in extenso por los más grandes sabios de la filosofía, desde Heráclito a Platón, desde Aristóteles a Santo Tomás, desde San Agustín a Heidegger. Pero el tiempo se escapa a la filosofía como la misma realidad se escapa a las dogmáticas y ciertamente es el tiempo uno de los fundamentos sagrados de las religiones. Considerar cómo se contempla el tiempo en los textos sagrados y por lo tanto cómo se experimenta es comprender enteramente la doctrina. En una ocasión, una amiga que me escuchaba hacerme unas preguntas acerca del tiempo me dijo, ¿cómo pretendes pensar el tiempo, si el tiempo es precisamente aquello que en esencia no se puede pensar sino sólo experimentar? Creo que esta es la dimensión sagrada del tiempo, sobre la que reflexionaré en otra entrada.
Acojamos, pues, el tiempo tal como él
nos quiere-
como dice Shakespeare -pero toda sombra es, al fin y al cabo, hija
de la luz y solo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la
paz, el ascenso y la caída, solo ese ha vivido de verdad.
En 1741, J. S. Bach terminó de componer las Variaciones Goldberg, en la Tomaskirschen de Lepzig. Al parecer, las Variaciones eran un encargo que le hizo del conde von Keyserlingk de Dresde, un hombre acosado por el insomnio, con el objeto de escucharla por las noches y calmar la agitación de su espíritu. Cada noche, el clavicordista de la corte se encargaría de entretener al conde, mientras éste se rendía al éxtasis y al sueño. Resulta que las variaciones no solo sosegaron al conde sino que la segunda esposa de Bach, Anna Magdalena, a la que encontraros copiadas las Variaciones en una de sus cuadernos íntimos, solía tocarlas en el clavicordio de los Bach.
¿Por qué el sosiego de las Variaciones? En ellas se manifiesta algo así como la dimensión escultórica del tiempo, pues ya no es el tiempo entendido como transcurso, como "lo que viene después de ahora y después y después...", sobre el que se inscribe la pieza musical, sino que la propia pieza musical esculpe el tiempo, le da forma. Digamos la experiencia del tiempo había sido -y es- en la obra estética -y por ende en la música- una experiencia lineal, sobre la que se inserta la pieza artística. Por lo tanto se podría decir que la pieza transcurre en el tiempo, como transcurre el río por su cauce, o el caminante por el camino. Lo virtuoso de las Variaciones es que consiguen integrar el tiempo y por lo tanto "hacerlo suyo". Ya no se insertan en el tiempo, sino que modulan el tiempo y por lo tanto, aquí está el prodigio, manifiestan el tiempo. Alcanza, más allá de su tonalidad, de sus melodías, sus canones, de su cuestión rítmica, en fin, de lo propiamente musical, a modelar su propia condición de posibilidad, pues extrae de la linealidad (ciega y sorda linealidad del tiempo) una experiencia del tiempo no tanto como duración, no en el terreno de la extensión, sino de un modo volumétrico, en tanto que se comprime y se expande, se encoge y se extiende sobre la percepción. Las notas no es que estén unas detrás de otras, que desde luego lo están, sino que el conjunto de notas pasan la frontera de la linealidad, se apropian de lo que les da entidad. Es como si el cauce fuera río y ya el río dejara de ser río.
Y con la manifestación del tiempo volumétrico, lejos del tiempo lineal, las Variaciones se adentran en lo que San Agustín llamaba la extensión del alma (no erraré si considero que al fin el tiempo no es la extensión del alma, ¿o quizá, oh Dios, consideras propio del tiempo lo que sucede en el tiempo?, en Las Confesiones).
to be continued...
Y si mientras leemos este texto escuchamos las variaciones, más bonito todavía.
ResponderEliminareli.
http://www.youtube.com/watch?v=g7LWANJFHEs
Escucha Olivier Messiaen. <>. Su objetivo era entrar como en un éxtasis, acabar con el tiempo.
ResponderEliminarGracias, Eli.He estado de exámenes, y no he podido actualizar el blog hasta esta semana. Un abracete.
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