jueves, 19 de enero de 2012

Tras la tempestad

Ayer aparecía en EL PAIS una carta al director que se preguntaba por los indignados, aquellos que durante la peregrinación mortal del gobierno socialista salieron a la calle no se sabe muy bien a qué, no se sabe muy bien contra quién, pero levantando la simpatía de gran parte de nosotros. No es para nada baladí atender a esta pregunta de la sospecha, porque detrás de ella se esconde acaso la enfermedad política de nuestros días, que con tantos síntomas se ha venido anunciando y que no es otra que el bloqueo político e institucional actual.   
Pues resulta que la simpatía que, quien más y quien menos, ha depositado en el 15M parte de la simple negación de la realidad política a la que estamos asistiendo. Ahora bien esa negación crítica no ha sido suficiente, pues cuando se trataba de proponer políticas positivas, el movimiento se vio en la necesidad de entrar en el rifirrafe propiamente político de las argumentaciones y contrargumentaciones. Esto, es decir, lo más propiamente político, generó la desafección  por un lado de aquellos críticos y utópicos que tomaban la parte por el todo y consideraban la democracia "no-real" -como ellos la llaman- como inútil, y por otra de aquellos que se han visto desarmados por el magnánimo catálogo argumentativo de la democracia liberal. Por ello, muchos han dicho que simplemente se ha tratado de un movimiento social de repulsión más que de un movimiento político, pues cuando tocaba entrar en la arena de las propuestas y de argumentar contra las razones del adversario, el 15M se ha mostrado como un movimiento cosmético que ni más ¡ni menos! ha tratado de devolver cierta dignidad al sistema. 
Pero resulta que para muchos de los que apoyan este movimiento, este ejercicio de peluquería política no es suficiente y habría que hacerle al sistema como en el Padrino y dejar de usar la navaja solo para afeitar. La cuestión aquí es que, mirado desde el punto de vista parlamentario, el movimiento indignado no es más que una protesta cuasiestudiantil que reivindica lo que es de sentido común (más transparencia, más participación, más justicia). No trato aquí de restar importancia a las propuestas del 15M que, como tales, han arrojado a la opinión pública debates hasta hoy escondidos en los márgenes académicos y pukies. La pregunta que hago es qué relevancia política ha tenido el 15M y cuál es, en realidad, su esencia. Pues se manifiesta como un movimiento renovador, no revolucionario, y en cambio, es incapaz de proponer propuestas verdaderamente sistémicas que de paso no arruinen por completo la estructura de la democracia representativa ni su correlativo sistema de libre mercado -con más o menos estado-. 
En el Discurso Fúnebre de Pericles, Tucídides nos cuchichea, como diría Nietzsche, bajo la luz de la luna, hablando de cosas eternas, su orgullo por la democracia ateniense, pues "amamos lo bello con sencillez y la sabiduría sin complacencia; nos servimos de la riqueza más como medio de acción que como motivo de jactancia, y la pobreza no supone una vergüenza a nadie, sino más vergonzoso es no intentar salir de ella". ¿Quién hoy se atrevería a pedir la palabra ante la multitud reunida como lo hizo Pericles y, sobre las más sobrecogedoras penalidades, persuadir tan siquiera a unos cuantos de la magnanimidad de nuestra democracia? Tan siquiera los que deberían enorgullecerse de ella lo hacen y quien sabe y conoce qué significa la palabra democracia acaso prefiere hablar de otras democracias antes que de la nuestra. Luego, ¿qué contradicción es esta que por una parte nos hace avergonzarnos ante la imagen de lo político a la que asistimos y por otra asentimos a un espacio político en el que las razones para la democracia liberal parlamentaria son impecables? 
Es por ello que, como salida de emergencia a este oscuro callejón en el que apenas sabemos si tiene fin y si tiene suelo, nos topemos con la apelación a la moralidad, pues consideramos que a través de la impecabilidad lograremos extirpar de lo político su miseria. Y en tanto que la moralidad está ausente tanto en el plano personal como en el político, cabe albergar, tras la catástrofe, la esperanza de un resurgimiento de esa luz que anida en lo más hondo de nuestras almas e iluminemos al mundo político con ella. Esa es, al parecer, la única alternativa al cierre definitivo del espacio político. Hannah Arendt solía insistir en que en los tiempos modernos, se nos ha arrebatado por completo la capacidad de la acción, la cual representa enteramente la esencia de la política. Pero no nos engañemos, este espacio cerrado que se abre a través de la moralidad es una ficción política (ya lo esbocé en la anterior entrada).


No hay comentarios:

Publicar un comentario