jueves, 26 de julio de 2012

estética de la moral

Monumento a Thomas Jefferson en Washington
Quiero darle unas vueltas al tema de la estética de la moral, a la seducción que la desnudez de los principios morales y a las repercusiones políticas que eso tiene. De alguna forma esto tiene que ver con el oscuro horizonte del país, pues el consuelo de los principios morales es la salida de emergencia entre los intelectuales a tenor de las proclamas regenaeracionistas de todo el que tiene una página de opinión en cualquier tribuna. Regeneración democrática que significa recuperación de los principios morales republicanos, desde los que surgió el estado parlamentario moderno y cuyo olvido ha provocado que todas las instituciones estén fundamentadas de derecho pero desfondadas de hecho. Es paradigmático que asistamos al rapiñoso comportamiento del más alto representante del poder judicial, al descrédito del Jefe del Estado y a la insolvencia de unos gobiernos administrativos. Apenas hay institución que inspire respeto por sus hechos. Esto se refleja en que carecemos de una figura que consiga elaborar un discurso republicano, alguien que consiga ver más allá de la cuestión meramente económica y de gestión. Probablemente la aspiración moral no sea dar trabajo a cinco millones de personas, como hacer que esas cinco millones de personas trabajen por algo grande. Pero, ¿qué es algo grande hoy en día? ¿acaso lo mismo que hace 200 años? ¿algo grande es en sí mismo el estado republicano? Esto ocurre en estos funcionarios del Derecho, que por las noches sueñan con los principios morales -las fuentes del Derecho, como ellos lo llaman- y amanecen con la disposición del cura a cumplir con el deber. Pero ¿es algo grande el Derecho en sí mismo?
Esta cuestión es la que quiero referir con la estética de la moral, o la estética del derecho, es decir, a este ideal repúblicano, regulador de la sucia realidad política de la modernidad, que es contemplado como quien mira el sol al amanecer, anhelando bañarse en sus cálidos colores. El problema de tal belleza, de esa belleza de las formas, la belleza de la aurora y del ocaso en la que se puede mirar el sol, es que no es estética, no es una imagen: solo es moral en su práctica. Como comprobamos cada día, la formalidad republicana de nuestro estado no es más que una zarandaja de idealistas, desprovista de republicanismo. 
Quizá ahora es cuando más hay que subrayar la insensatez de esa idea cristiana aplicada a la vida política de la ejemplaridad. La ejemplaridad no es constitutuva de moral. Un estado constituido por santos ejemplares es un estado fallido. La ejemplaridad es en sí misma un término negativo, en tanto que define a alguien por lo que otros carecen. En la vida política, la ejemplaridad es dar ya por sentado que no hay republicanismo, que no hay moral en el sentido práctico. De hecho, no hay momento más propicio para le ejemplaridad que los momentos que corren, donde todo huele a podrido, donde el estado republicano no existe.

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